24 de noviembre de 2009

Gomitas del pelo: una incógnita de la propiedad privada



¿A dónde quedan las gomitas de pelo cuando desaparecen de nuestro cajón o envase destinado a su almacenamiento?
En un arduo y minucioso estudio de campo surgieron los siguientes resultados:
Materiales y métodos: una persona de pelo largo, cuatro ejemplares de las mencionadas gomitas: una negra, una blanca, y dos rojas (para trabajar necesito gomitas rojas), y un contenedor de gomitas (transparente).
Procedimiento: utilizar el objeto estudiado en actividades cotidianas y observar el fenómeno de desaparición.
Resultados: se utilizaron las gomitas de pelo durante dos semanas observandose al finalizar la segunda la desaparición total de los cuatro ejemplares seguida de la utilización de una gomita roja de “quien sabe quien” para no ser echada del trabajo, y del hallazgo de dos de las gomitas perdidas, una en el bolsillo de un pantalón y otra en un bolso de Cambodia.
Conclusiones: El tamaño reducido de las gomitas del cabello favorece la pérdida de las mismas en bolsillos o carteras, además de propiciar el hecho de que si alguien la encuentra, no se tome el trabajo de decir ¡¿de quien es esta gomita de pelo?! Más tratándose de una casa con otras dos mujeres ávidas de tal recurso vital que tampoco se van a tomar el trabajo de pedir prestada semejante pequeñez.
Dejarse la gomita en la muñeca "para no perderla": NO FUNCIONA.
El hallazgo de una gomita del cabello en buen estado da derecho al hallador de quedarse con el botín, y más si lo necesita para el trabajo.
Recomendaciones a futuro: dejar gomitas de pelo en el cajón mencionado cada vez que se usen para tener un mejor control. O… comprar gomitas periódicamente. O… tomar robadas las de sus hermanas. O… cortarse el pelo.

23 de noviembre de 2009

Película: mi nombre es Harvey Milk


El sábado pasado salí temprano del trabajo.
Habiendo perdido la costumbre de disfrutar de mi fin de semana, y sin mucho tiempo para organizar una salida loca a bailar (no que lo haga seguido tampoco) alquilé una película que hacía rato que quería ver. Se llama: mi nombre es Hervey Milk. Quiero hacer una aclaración: El que NO vio la película y quiere quedar excento de detalles que después podrían arruinar la propia opinión sobre la misma: NO SIGA LEYENDO. El que no quiera saber el final para verla por su cuenta: TAMPOCO. Avisé.
Hete aquí mi humilde opinión: Me decepcionó la poca aparición de mujeres, donde estábamos en esa época chicas?? Casadas? Metidas en nuestras casas comiendo tartas caseras y subiendo kilos? Haciendo campañas conservadoras como la Anita Brian esa? Yo no digo mucho, porque tampoco es que sea una luchadora sindical, je, pero bueno, una observación epocal…
Me gustó la forma en que cuentan la historia, me impresionó que fuera una historia real, nunca pensé que la homofobia pudiera llegar tan lejos, hasta me da un poco de miedito…
Sean Penn es tan guapo (aaaaa guapo), y su pareja también. Me producen un cariño casi metarnal. En fin, son los dos muy bonitos y me encanta la pareja que hacen.
Otra vez: que poca intervención femenina. Aunque… pensándolo bien, la chica que se suma al final tiene un papel bastante importante en el éxito de Milk en las elecciones. No me queda claro esto de que al final en la historia real es madre de tres hijos. ¿Se volvió hetero? ¿Inseminación? ¿Adopción? Lo buscaré en la internes.
Algo lindo tambien: Este Harvey Milk hablaba de la esperanza que es necesario llevar a las personas que se ven y se sienten homosexuales pero que sienten que eso es algo terrible que necesitan cambiar llegando a veces a sentir una gran depresión. Espero no se haya perdido el impulso desde aquella época, y cada uno desde su lugar sepa abrir su mentalidad y por que no, la de otros. Ahí me salió la veta activista, sentimental y defensora de pobres, jaja.
Que bronca la tal Anita Bryan esa, (siempre en el contexto de la película no?), pero aparece como la cruela de vil con cara de mosquita muerta de la historia. No, esta película me hizo pensar muchas cosas acerca de muchas cosas. Hata luego.

17 de noviembre de 2009

En el metro

Por suerte pude agarrar un asiento en ese subte abarrotado de gente en Santiago de Chile. Yo con mi enorme carguero lleno de ropa, mi bolso de mano con el dinero que “debía cuidar a muerte de cualquier malintecionado malhechor” y mi bolsa de alfajores chilenos que debía cuidar de ser aplastado antes de llegar a destino.
Las lágrimas caían gota a gota por mis mejillas. Yo me comía los mocos, y sentía que todos me miraban. El metro frenó en la tercer parada. Recién ahí me di cuenta de que había tomado la línea incorrecta.
- Estoy tan triste que me equivoqué de tren- le dije al hombre que estaba sentado al lado mío- ¿Me puede ayudar?- Creo que no habría podido con todo sin ayuda.
Bajé, cambié de vía con mis bolsos y mi llanto, y volví a la estación de donde había salido.

EL gran amor de mi vida quedaba en la estación anterior. Mi papá.
Sucedió que esa vez que lo fui a visitar, le pregunté.
- Papá, ¿Me querés?- antes de pasar por la ruleta del metro.
- Si Lau, dale que llegás tarde- Ya se ponía nervioso, arriba que no es amante del sentimentalismo.
Para mí, sonó como un no. Como un: “Sí, te digo lo que quieras, pero andate!”. Las lágrimas brotaron sin control y me nublaron la vista.

16 de noviembre de 2009

Un poema viejo


Te quise tanto
Tanto, tanto...
A vos
Te quise, te amé
No detuviste mi vuelo nervioso
Y yo cerré mis ojos y me quedé callada
Te quise... tanto, tonto...
GRACIAS
Mi vientre destila sueños difusos
con luz de sol
Las ramas del arbol se entrelazan en un diseño
que no logro entender
y mis ojos cerrados vuelven a ese brillo,
no lo quieren dejar ir

10 de noviembre de 2009

hola sí, probando probando