17 de noviembre de 2009

En el metro

Por suerte pude agarrar un asiento en ese subte abarrotado de gente en Santiago de Chile. Yo con mi enorme carguero lleno de ropa, mi bolso de mano con el dinero que “debía cuidar a muerte de cualquier malintecionado malhechor” y mi bolsa de alfajores chilenos que debía cuidar de ser aplastado antes de llegar a destino.
Las lágrimas caían gota a gota por mis mejillas. Yo me comía los mocos, y sentía que todos me miraban. El metro frenó en la tercer parada. Recién ahí me di cuenta de que había tomado la línea incorrecta.
- Estoy tan triste que me equivoqué de tren- le dije al hombre que estaba sentado al lado mío- ¿Me puede ayudar?- Creo que no habría podido con todo sin ayuda.
Bajé, cambié de vía con mis bolsos y mi llanto, y volví a la estación de donde había salido.

EL gran amor de mi vida quedaba en la estación anterior. Mi papá.
Sucedió que esa vez que lo fui a visitar, le pregunté.
- Papá, ¿Me querés?- antes de pasar por la ruleta del metro.
- Si Lau, dale que llegás tarde- Ya se ponía nervioso, arriba que no es amante del sentimentalismo.
Para mí, sonó como un no. Como un: “Sí, te digo lo que quieras, pero andate!”. Las lágrimas brotaron sin control y me nublaron la vista.

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